miércoles, 3 de junio de 2009

Color transparente-abismo

Cuando desperté me encontré en aquel extraño lugar. Nunca había estado allí. Miré hacía arriba y el cielo tenía un tono cobrizo, con una atmósfera compuesta de polvo y fuego. Intenté moverme pero estaba encadenado, aunque no estaba solo: a mi izquierda había alguien en mi misma situación, pero no respondía.

- ¡Oye, oye, despierta!- Grité zamarreándola.

La chica se despertó y empezó a toser. Aquel aire (si se podía llamar aire) quemaba al inhalarlo. Sus ojos permanecían cerrados, como si dos postillas le impidieran abrirlos. No sabíamos el tiempo que llevábamos allí, pero por lo menos teníamos el consuelo de no estar solos; la compañía mutua. Caminamos durante meses por aquél tugurio; ella apoyada en mí, yo haciendo de lazarillo.

Fue creciendo entre nosotros un cariño especial; entre caricias y susurros pasábamos el tiempo. Al fin y al cabo, de alguna manera habíamos hecho que nuestra prisión humeante se convirtiese en un paraíso terrenal. El ambiente olía distinto, la comida sabía distinta…todo sabía distinto desde que saltó aquella chispa; todo sabía distinto desde que nos amábamos.

Llegamos al lado de un acantilado, pero sin ningún mar. Las únicas aguas que habían cerca emanaban de cráteres hirvientes, de donde bebíamos y escasamente nos aseábamos. Comíamos frutos pasados, hortalizas picadas, legumbres podridas, y dormíamos en heno sucio…pero todo sabía distinto desde que nos amábamos.
Cierto día, las postillas de los ojos de la chica cayeron, y por fin pude divisarlos. Eran de un color que nunca había visto…eran de color transparente-abismo. Cuando me vio, se arrinconó en un hueco y, al acercarme, me arañó y salió huyendo. Por más que corrí tras ella, no la alcancé. ¿Qué había ocurrido? Si todo era distinto desde que nos amábamos…

Volví hundido a la cueva y, al pasar por el cráter de agua hirviente, me asomé. Mi rostro estaba quemado, y mis ojos se tornaron rojo sangre. En ese momento me di cuenta de que todo había sido un engaño, y caí a tierra.

Cuando desperté sentí un fuerte dolor en el pecho. Había sido empujado de nuevo a este mundo, desnudo y llorando por el dolor que causaba el oxígeno en mis pulmones; cual niño recién nacido. Corté de mi vientre el cordón de la esperanza y, a fuerza de caídas, aprendí a caminar. Caminé solo por mucho tiempo…y llegué a la conclusión de que aquél no era mi mundo…porque pertenezco a Ninguna Parte, en la región de la Soledad, a la izquierda…

1 comentario:

A l o n d r a . . . dijo...

Cuando desperté sentí un fuerte dolor en el pecho. Había sido empujado de nuevo a este mundo, desnudo y llorando por el dolor que causaba el oxígeno en mis pulmones; cual niño recién nacido. Corté de mi vientre el cordón de la esperanza y, a fuerza de caídas, aprendí a caminar. Caminé solo por mucho tiempo…y llegué a la conclusión de que aquél no era mi mundo…porque pertenezco a Ninguna Parte, en la región de la Soledad, a la izquierda…


Buenisimo!
Y es que me encanta leerte, sientes las mismas ansias y fuerzas que yo, para cambiar las cosas!


Beso.